Érase una vez en una ciudad de cuyo nombre no quiero acordarme, en una tienda de zapatos, en París, había una zapatilla muy bonita; pero claro, como era la mejor zapatilla del mundo valía un millón de euros. Y dijo el niño:
-¿Cómo voy a coger esa zapatilla que vale tanto? Esguisguis, roba el bolso de esa señora, yo la distraigo.
- AAAAAAA, guau, guuau…
-Bien hecho Esguisguis. Ya tengo cien euros – y así siguieron hasta que tuvieron el millón.
Por fin fueron a comprar las zapatillas, se las llevó a casa, se las puso y se divirtió tanto que las pisó por boñiga, charcos, por barro también. Lo que más le gustaba al niño y lo que menos le gustaba a las zapatillas era darle un patadón al gorrino. Como nunca las quiso lavar, tuvo que sacarlas a la terraza. Y dijo la zapatilla:
-¡Qué listillo es César, él ahí dentro y yo enfriándome y hecha polvo, así pues mañana verá! ¿Verdad Isaac?
¡Vale Guillermo, mañana verá nuestra trampa, mañana …
Y llegó el siguiente día. Y cuando César fue a ponérselas se enredaron de una forma muy rara los cordones y no se las pudo poner. Luego se pusieron bien para hacer las siguientes travesuras.
Cuando pasaba por el charco de agua ataron sus cordones y se cayó. Después por la boñiga y solo de una palma se juntaron y se cayó de morros. Luego agarraron al cerdo en el suelo y se cayeron encima del cerdo. Al final se fueron a bañar al río las dos.
[Guillermo. Tercero de Primaria. Jiménez]